Los zulúes y las Constelaciones Familiares: lo que África le enseñó a Hellinger

Tenía 27 años y llevaba semanas en Sudáfrica cuando asistió por primera vez a una asamblea comunitaria zulú.

No entendía el idioma. No conocía las reglas. Pero observó algo que no pudo ignorar: nadie quedaba fuera. Cada persona hablaba, era escuchada, y la solución emergía sola. Sin imposición. Sin que nadie perdiera su dignidad.

Bert Hellinger llevaba en la maleta una formación filosófica y teológica de alto nivel y la convicción de que la fe era condición necesaria para ser buena persona. Sudáfrica lo descolocó desde el primer día.

Lo que aprendió en esas comunidades durante 16 años no fue etnografía. Fue el núcleo filosófico de lo que después se llamaría Constelaciones Familiares.

Cultura zulú de Sudáfrica y su influencia en los Órdenes del Amor de Bert Hellinger y las constelaciones familiares.

“Mi experiencia en África contribuyó mucho a ese crecimiento interior.” — Bert Hellinger

Un sacerdote europeo en el corazón de África

En la Universidad de Natal encontró profesores que no eran creyentes. Y eran, sin embargo, buenísimas personas. Ese fue el primer punto de inflexión.

Pero lo que realmente lo transformó no ocurrió en las aulas. Ocurrió en las comunidades zulúes donde trabajó durante 16 años. Observando. Escuchando. Aprendiendo de una cultura que no tenía los conflictos de identidad que atormentaban a los europeos.

Era fluido en zulú. Tradujo la liturgia católica adaptándola a las imágenes y el lenguaje propios del pueblo. Fue director de una escuela secundaria donde estudió Steve Biko. Los sacerdotes que lo conocieron lo describían como un “cuervo blanco”: alguien fuera de lo ordinario. Incómodo con todo lo que se resistía a cambiar. Capaz de decir verdades que nadie quería escuchar.

Y preguntándose, cada vez con más insistencia: ¿por qué estas comunidades viven con una paz interior que los europeos no tienen?

“Rápidamente advertí que otras personas también eran buenas personas. Que ser bueno no solamente depende de la fe, sino que ante todo emana de la experiencia de vida.” — Bert Hellinger, Un largo camino

Quiénes son los zulúes

Los zulúes son el grupo étnico más numeroso de Sudáfrica, con más de 12 millones de miembros, que habitan principalmente en la región de KwaZulu-Natal. La palabra zulú significa literalmente cielo o firmamento en su lengua, el isiZulu, perteneciente a la familia de lenguas bantúes.

La sociedad zulú se organiza en clanes, cada uno liderado por un jefe. Los clanes están compuestos por varias familias extendidas, y la lealtad al clan y al jefe es un valor fundamental.

Históricamente, los zulúes se desarrollaron como potencia bajo el legendario Shaka Zulú en el siglo XIX, quien unificó las tribus en un poderoso reino. Pero más allá de su historia militar, lo que define profundamente a la cultura zulú es algo menos visible y más duradero: su relación con los ancestros, con el orden familiar y con el lugar que cada persona ocupa dentro del sistema.

Los 4 pilares zulúes que inspiraron las Constelaciones Familiares. 

El vínculo materno: la madre como guardiana del sistema

Lo primero que impresionó a Hellinger de los zulúes no fue una teoría. Fue algo que vio en la vida cotidiana: la forma en que las madres sostenían el sistema familiar.

En las comunidades zulúes, la madre —especialmente la esposa principal del jefe— es el centro emocional de la familia. No solo mientras vive. También después de morir. Los textos etnográficos de la época lo documentan con precisión: cuando la esposa principal de un jefe fallecía, su Itongo —su espíritu ancestral— era especialmente reverenciado por el marido y todos los hijos. “Esa esposa principal se convierte en un Itongo que cuida profundamente del sistema familiar.”

La madre zulú transmite algo que Hellinger observó cada día: la seguridad de pertenecer y el amor incondicional. No como concepto abstracto, sino como experiencia concreta que los niños reciben en el cuerpo desde el primer día. Pero esa transmisión no ocurre en el vacío. La madre puede sostener porque ella misma está sostenida: por el clan, por las otras mujeres, por los ancianos, por el sistema comunitario entero que rodea y acompaña la crianza. Es el sostén de la tribu lo que hace posible el vínculo. Una seguridad que no depende de la fe, ni de la ideología, ni de la institución. Que es anterior a todo eso.

Hellinger vio en eso algo que después formularía con claridad: cuando la madre no puede cumplir ese rol de sostén —por exclusión, por trauma, por pérdida no elaborada— el sistema familiar lo resiente en las generaciones siguientes. Las Constelaciones Familiares, en muchos casos, trabajan precisamente para restaurar ese vínculo primario con el origen materno.

El culto a los ancestros: los muertos no se van

El elemento más importante de la espiritualidad zulú —y el que más marcó a Hellinger— es la relación con los ancestros, los Amatongo.

Los Amatongo son considerados como guardianes. Los muertos no desaparecen. Se convierten en ancestros que protegen a los vivos, que están presentes en los rituales, que son consultados antes de las decisiones importantes. Los textos zulúes de la época lo documentan así: “Los muertos conocen a todos los vivos y continuamente les ayudan y no les abandonan.”

Cuando una familia ignora a sus ancestros, el sistema enferma. Cuando alguien es excluido de la memoria familiar, su espíritu regresa a través de la enfermedad, del sueño, de la conducta inexplicable de los vivos. Los zulúes lo expresaban con una claridad que no dejaba lugar a dudas: si alguien es olvidado, reclamará su lugar.

El propio Hellinger describió este sistema en Reconociendo lo que Es (pág. 58), escrito junto a Gabriele ten Hövel:

“La forma en la que los Zulúes lo hacen es enterrando los muertos y luego, al cabo de un año, los fallecidos son bienvenidos de regreso al hogar a través de un ritual. Los miembros de la familia toman una rama e imaginan que el ancestro está sentado sobre la rama, la que es arrastrada al interior de la casa. Una cierta sección de la choza es reservada para ancestros y allí es donde los muertos tienen su lugar. Su lugar se encuentra siempre donde se haya la cerveza. Cuando alguien toma una cerveza, él o ella le da unas pocas gotas a los ancestros.”

En las prácticas africanas, la relación entre una persona y sus ancestros es simbiótica y va en ambas direcciones. Los vivos incluyen a los muertos. Los muertos cuidan y protegen a los vivos.

Según Heidi Holland, las creencias tradicionales africanas descansan sobre tres pilares: las imágenes sagradas —dioses y ancestros— que regulan el universo; los rituales y ceremonias a través de los cuales esas imágenes transmiten normas morales a los vivos; y los representantes terrenales —sanadores, adivinos, sacerdotes— que median entre lo sagrado y la comunidad.

En ese sistema, Dios está demasiado lejos para escuchar a los mortales directamente. Son los ancestros, como espíritus, quienes median entre él y la humanidad. Hellinger vio en eso algo que resonaba profundamente con su propia observación sobre la búsqueda espiritual y el origen familiar.

Hellinger observó eso a diario durante 16 años. Y comprendió algo que la filosofía y la teología no le habían podido enseñar: que el individuo es secundario frente al grupo. Que la familia es un campo de fuerzas que trasciende a cada uno de sus miembros. Y que cuando alguien es excluido de ese campo —el hijo muerto en silencio, el ancestro olvidado, el familiar que cometió algo vergonzoso— el sistema lo recuerda. Y alguien, generaciones después, lo representa sin saberlo.

Eso es exactamente lo que las Constelaciones Familiares hacen visible.

El orden y la pertenencia: nadie puede quedar fuera

El segundo elemento que fascinó a Hellinger fue el orden jerárquico de la sociedad zulú.

En la cultura zulú, el lugar que ocupa cada persona en el sistema familiar no es negociable. Los que llegaron antes tienen precedencia sobre los que llegaron después. Los padres van antes que los hijos. El hermano mayor antes que el menor. Los ancestros antes que los vivos. Ese orden no es una imposición arbitraria: es la estructura que mantiene la cohesión del sistema.

Hellinger observó que ese orden traía paz. Que las comunidades zulúes no sufrían los conflictos de identidad que atormentaban a los europeos precisamente porque cada miembro sabía cuál era su lugar y lo aceptaba. No como resignación, sino como pertenencia.

Pero el orden solo funciona si nadie queda fuera. Los textos etnográficos zulúes de la época lo muestran con una claridad demoledora: cuando en los rituales solo se llamaba a los ancestros conocidos por nombre, la enfermedad volvía. El adivino siempre revelaba lo mismo: hay alguien olvidado —una anciana, un bebé, alguien que murió en silencio— que reclama su lugar. Y así surgió la costumbre de llamar a todos juntos, sin distinción: “Venid todos, y comed.”

Paradójicamente, Hellinger observó todo esto en uno de los contextos de exclusión más extremos del siglo XX: la Sudáfrica del apartheid. Un sistema político construido sobre la exclusión sistemática. Y una cultura que le mostraba cada día que la exclusión es la raíz de todo desequilibrio.

Esa contradicción perfecta se convirtió en el primer Orden del Amorel derecho de todos a pertenecer. Todo aquel que pertenece al sistema familiar tiene derecho a pertenecer. Cuando alguien es excluido, el sistema lo recuerda. Y alguien, generaciones después, lo representa.

Los rituales: la estructura que permite integrar lo ocurrido

Tanja Meyburgh, investigadora sudafricana y cofundadora del primer programa de formación en Constelaciones Familiares en Sudáfrica, documentó algo que los propios graduados zulúes confirmaron: constelar un asunto no resuelto es similar a realizar una ceremonia, a hablar con los ancestros para sanar lo que quedó pendiente o reconectando a quienes partieron en conflicto.

Los rituales zulúes no son decoración cultural. Son estructuras que permiten al individuo y al grupo integrar lo ocurrido, cerrar lo que quedó abierto y restaurar el equilibrio del sistema. Cada ritual tiene una función precisa:

El ukubuyisa —”traer de vuelta”— se celebra un año después de cada muerte para invitar al espíritu del fallecido a regresar al hogar y ocupar su lugar entre los ancestros protectores. No se trata de cerrar el duelo. Se trata de asegurar que nadie quede fuera del sistema.

El umemulo es la ceremonia de mayoría de edad que marca el paso de una joven a la vida adulta. Es la familia extendida, con los mayores al frente, quien la recibe y le muestra cuál es su nuevo lugar en el sistema. Cada generación sabe dónde está.

El ukuphahla es el ritual cotidiano de ofrenda a los ancestros: pequeñas ofrendas de alimento o bebida que se depositan para mantener viva la reciprocidad entre los vivos y los muertos. Dar a quienes dieron antes. Reconocer la deuda con el origen.

El lobola —la compensación a la familia de la novia por su crianza— es la expresión más conocida del equilibrio entre dar y tomar que debe existir en todo sistema sano.

Los propios ancestros zulúes se comunican a través de los sueños, de los animales, de la enfermedad. Cuando un familiar muerto aparece en sueños reclamando ser recordado, la familia no lo interpreta como superstición: lo interpreta como información sobre el estado del sistema. Y actúa en consecuencia.

Meyburgh lo documentó con precisión: “Los curanderos africanos consideran las Constelaciones Familiares como un ritual de alto nivel. Lo que en las Constelaciones son las frases de reconocimiento, las inclinaciones, los movimientos rituales, son pequeños actos de ceremonia que sirven para restaurar relaciones familiares y ancestrales.”

En las comunidades zulúes, los rituales también tienen una función colectiva. El sacrificio de un animal, la ofrenda de cerveza, la asamblea donde todos pueden hablar sin que nadie pierda su dignidad: todo ello crea un campo compartido donde lo ocurrido puede ser visto, reconocido e integrado. No por el individuo solo, sino por el sistema entero.

Hellinger lo trasladó al centro de su enfoque.

La filosofía del respeto y los cursos ecuménicos en Sudáfrica

El respeto en las asambleas zulúes: donde nadie pierde la dignidad.

Lo primero que impresionó a Hellinger de los zulúes no fue una teoría. Fue algo que vio en la vida cotidiana: el respeto.

Un respeto que lo impregnaba todo. El trato entre personas. La forma en que los hijos se relacionaban con sus padres. La seguridad que las madres transmitían a los niños. En las asambleas de las comunidades, todos podían conservar su dignidad ante los demás.

“Lo que también rescato es el respeto ante los demás. Allí todos pueden conservar su cara. Cómo se habla en las asambleas de las comunidades: efectivamente intercambiaban ideas con suma atención, hasta que lograban una solución. Este modo de trato recíproco también me ha marcado.” — Bert Hellinger, Mi vida, mi obra

Ese modo de trato recíproco —en el que nadie pierde su dignidad, en el que la solución emerge del encuentro— se convirtió en el modelo de cómo Hellinger entendería después el trabajo sistémico. No el que sabe y el que no sabe. Dos personas en un campo común, buscando lo que el sistema quiere mostrar.

Los cursos anglicanos: todos en el mismo bote

En ese mismo contexto del apartheid, los eclesiásticos anglicanos organizaban cursos ecuménicos de dinámica de grupo sin barreras de raza. Negros y blancos, hindúes y mestizos, católicos y protestantes, todos aprendían juntos en la misma sala.

Para Hellinger, que venía de una sociedad católica herméticamente cerrada, eso fue una revelación: “De una vez me percaté de que todos estamos en el mismo bote y que las diferencias externas del color de la piel o de la creencia son totalmente irrelevantes.”

Lo que los anglicanos hacían en esos cursos —y lo que los zulúes hacían en sus comunidades— apuntaban a lo mismo: que la pertenencia no depende de la fe, de la raza ni de la institución. Es anterior a todo eso. Y cuando se respeta, el sistema florece. Cuando se viola, el sistema sufre.

Lo que África dejó en las Constelaciones Familiares

Hellinger vivió 16 años en Sudáfrica. Habría querido quedarse para siempre. Las circunstancias lo devolvieron a Alemania.

Pero África no se fue con él. África se quedó en él. Y desde él, llegó a las Constelaciones Familiares.

Tanja Meyburgh, que dedicó años a investigar los orígenes africanos del trabajo de Hellinger, llegó a una conclusión que resume bien lo que aquí se ha desarrollado: “Las Constelaciones Familiares como sistema son el resultado de la forma en que el alma germánica ha integrado aspectos de la cultura africana.”

Los cuatro principios fundamentales que Hellinger observó en la cultura zulú se convirtieron en los cimientos del enfoque sistémico:

El vínculo materno — la madre como centro emocional del sistema, guardiana de la seguridad de pertenecer. Cuando ese vínculo se rompe o se niega, el sistema lo expresa en generaciones posteriores.

La relación con los ancestros — nadie desaparece del todo. Los excluidos del sistema familiar permanecen, representados inconscientemente por los miembros de generaciones posteriores. Las Constelaciones hacen visible lo que el sistema lleva en silencio.

El orden y la pertenencia — quien llegó antes tiene precedencia. Todo el que pertenece al sistema tiene derecho a pertenecer. Cuando ese orden se invierte o alguien es excluido, el campo lo muestra.

Los rituales — no como superstición, sino como estructuras que permiten al individuo y al grupo integrar lo ocurrido, cerrar lo abierto y restaurar el equilibrio. Las frases de reconocimiento, las inclinaciones, los movimientos en una constelación son, en ese sentido, pequeños actos rituales con la misma función que los rituales zulúes.

Y sobre todo, lo que África le dejó fue algo más profundo que cualquier principio: la convicción de que el individuo no es la unidad relevante. La familia lo es. El sistema de destinos compartidos a través de generaciones lo es.

Formación en Constelaciones Familiares en Zentrum Madrid.

Lo que Hellinger aprendió de los zulúes no es etnografía ni curiosidad antropológica. Es el núcleo filosófico de las Constelaciones Familiares. En Zentrum Madrid llevamos desde 2008 trabajando desde esa comprensión: que la familia es un sistema de destinos compartidos que trasciende a los individuos, y que honrar a los que vinieron antes es la condición para que los que vienen después puedan vivir libres.

Tuvimos la suerte de conocer a Bert Hellinger directamente, de formarnos con él y de organizar sus dos últimos encuentros en España. Lo que aprendimos allí es lo que seguimos transmitiendo. Las corrientes que formaron a Hellinger.

Cada etapa de su vida se convirtió en un concepto. Cada corriente que estudió dejó una huella en el enfoque de las Constelaciones Familiares. Aquí puedes profundizar en cada una:

Preguntas frecuentes sobre los zulúes y las constelaciones familiares

¿Quiénes son los zulúes?

Los zulúes son el grupo étnico más numeroso de Sudáfrica, con más de 12 millones de miembros que habitan principalmente en la región de KwaZulu-Natal. Su profunda espiritualidad se basa en el orden jerárquico familiar y el culto a los ancestros (los Amatongo), a quienes consideran guardianes activos del sistema.

¿Cuánto tiempo vivió Hellinger entre los zulúes?

Los zulúes son el grupo étnico más numeroso de Sudáfrica (más de 12 millones de personas en KwaZulu-Natal). Bert Hellinger vivió con ellos durante 16 años (1953-1969) como misionero, donde observó las dinámicas comunitarias que dieron origen a los Órdenes del Amor.

¿Qué aprendió Hellinger de los zulúes?

Aprendió cuatro pilares fundamentales: el papel de la madre como guardiana y sostén emocional del sistema; la importancia de incluir a los ancestros para que el clan no enferme; el respeto al orden jerárquico de llegada; y el uso de rituales colectivos para asimilar los hechos del pasado y restaurar el equilibrio.

¿Qué son los Órdenes del Amor y de dónde vienen?

Tienen su origen filosófico y empírico directo en las observaciones que Hellinger hizo de la sociedad zulú. Principios como el derecho de todos a pertenecer, la jerarquía según el orden de llegada y la necesidad de equilibrio entre dar y tomar provienen de la estructura comunitaria que mantuvo en paz a este pueblo durante generaciones.

¿Cómo influyó el apartheid en el pensamiento de Hellinger?

Vivir bajo el régimen del apartheid —un sistema basado en la exclusión racial extrema— mientras observaba que la tradición zulú sanaba sus conflictos integrando a todos, hizo que Hellinger comprendiera que la exclusión es la raíz del desequilibrio sistémico. De ahí nació el principio de que “todo el mundo tiene derecho a pertenecer”.

¿Qué es el culto a los ancestros en la cultura zulú?

Porque los zulúes creen que los muertos no desaparecen, sino que median entre lo sagrado y los vivos. Si un ancestro es olvidado o excluido, su espíritu reclama su lugar a través de la enfermedad o el conflicto de un descendiente. Hellinger trasladó esta dinámica exacta al trabajo de Constelaciones Familiares.

Fuentes

  • Hellinger, B., Un largo camino (págs. 48, 49).
  • Hellinger, B., Mi vida, mi obra (págs. 46, 47, 64, 69).
  • Hellinger, B., Weber, G., Beaumont, H. (1998). 
  • Hellinger, B., Ten Hövel, G., Reconocer lo que es. (pág. 58).
  • Love’s Hidden Symmetry., La simetría oculta del amor. (pág. 122).
  • Holland, H. (2001)., African tradition and belief.
  • Encyclopedia.com — Zulu Religion

2 comentarios en «Los zulúes y las Constelaciones Familiares: lo que África le enseñó a Hellinger»

  1. Excelente información para quienes somos docentes sistémicos y vemos como la exclusión familiar o grupal afecta totalmente varias áreas del desarrollo personal del estudiante. Gracias por tan valiosa información.

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    • Gracias, Pedro. Lo que describes es exactamente lo que Hellinger observó en las comunidades zulúes: cuando alguien queda fuera del sistema, el campo lo muestra. En el aula eso se ve cada día. Por eso el enfoque sistémico cambia la mirada del docente de forma irreversible.

      Responder

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