Stanley Keleman y Bert Hellinger: la frase que lo reconcilió con su padre

Cuando Hellinger conoció a Stanley Keleman, ya llevaba décadas cargando con algo que no había podido soltar del todo. La severidad de su padre. Los castigos físicos de la infancia. Los años de escuela primaria en los que el maestro lo castigaba cada día con la vara de madera.

Durante una conversación con Keleman, Hellinger se quejó de esa infancia difícil. De lo que la severidad de su padre le había generado.

Keleman lo miró. Y rió…

Stanley Keleman y la Psicología Formativa como influencia en Bert Hellinger y las constelaciones familiares.

La respuesta de Keleman no fue una explicación ni un consejo. Fue una frase corta: “Pero si tú eres fuerte…”

Lo que Keleman le respondió lo dejó sin argumentos. El efecto fue claro: Hellinger comprendió que seguir quejándose de lo que el padre había sido no llevaba a ningún lado. Que la queja, por legítima que fuera, era un sentimiento secundario —dramático, pero sin fuerza real para la acción.

Pero la relación con su padre no se reducía a eso, y conviene decirlo para entender bien lo que vino después. Hellinger describe a su padre como un hombre laborioso, siempre trabajando y disciplinado, que “no me permitía pasar nada por alto” —de ahí la severidad—. Y sin embargo, con los años, ese mismo padre lo apoyó y fomentó en todo lo que él quería: lo llevaba, sin su madre, a la ópera, a conciertos, a museos, a nadar y de excursión en bicicleta. Lo animaba a tocar el violín cada vez más intensamente, con la esperanza secreta de que llegara a ser músico y no tuviera que trabajar tan duro como él y su abuelo habían trabajado. Cuando Hellinger expresó su deseo de ser sacerdote —un deseo que respondía más a su madre y a la familia de ella—, su padre lo miró con escepticismo: era creyente, pero nunca estuvo demasiado entusiasmado con la Iglesia.

Es decir: el padre que aparece en estas páginas no es una figura unidimensional. Es alguien que golpeaba (como era frecuente en esa época) y que, a la vez, abría mundo. Que exigía sin descanso y que también soñaba, en secreto, con una vida menos dura para su hijo. Esa complejidad es la que hace que la frase de Keleman, años después, no sea un simple consuelo, sino la intervención que le permitió sostener las dos cosas a la vez sin tener que elegir entre ellas.

Una queja y una frase que la revirtió

Hellinger lo cuenta en primera persona en Mi vida, mi obra (pág. 32-33). Después de describir la severidad paterna y los castigos de su infancia, escribe: “Decenios más tarde, cuando ya me había dedicado a la psicoterapia, conocí a Stanley Keleman, el fundador de la psicología formativa y director del Center for Energetic Studies en Berkeley, California. Durante una conversación me quejé con respecto a la severidad de mi padre y lo que yo consideraba la infancia difícil resultante.”

Hellinger continúa: “Ahí comprendí cuánta fuerza había pasado de mi padre a mí y cuán importante fue para mí por su severidad. Desde ese momento me sentí muy unido a él.

Nótese lo que ocurre en esa frase. Keleman no le dice que la severidad estuvo bien, ni que su padre tuviera razón. No hay justificación ni consuelo. Lo que hace es señalar algo que Hellinger no había mirado: que esa misma severidad, la que había generado la queja, era también la fuente de una fuerza que él ya poseía y usaba. La queja se sostenía mirando solo la herida. La frase de Keleman le hizo mirar, además, lo que esa herida le había dado.

Es un mecanismo sencillo de describir y difícil de vivir: nadie puede convencerse a sí mismo de que está agradecido por algo doloroso solo con proponérselo. Hace falta que alguien, desde fuera, señale la conexión que uno mismo no puede ver porque está demasiado cerca de ella. Keleman se limitó a devolverle la mirada, sin dramatizar y sin quitarle importancia a lo vivido. Eso fue suficiente.

Lo que Hellinger escribió después: tomar a los padres con todo

Esto es lo esencial, y conviene detenerse en ello con calma. En las líneas que siguen a la conversación con Keleman, en esa misma página del libro, Hellinger no habla ya de Psicología Formativa ni de ninguna técnica. Habla de lo que esa frase le abrió: una reflexión propia, suya, sobre qué significa reconciliarse con unos padres reales.

Escribe que nos afecta una noticia cuando nos llega al corazón, y que también nos afecta darnos cuenta de que hemos seguido un camino que nos alejaba de los nuestros en vez de acercarnos a ellos. Y entonces plantea algo que después se volvería central en su enfoque: por supuesto que nuestros padres tienen defectos y debilidades. Pero, se pregunta, ¿qué habría sido de nosotros con unos padres ideales, sin errores, sin desafíos? “Precisamente los errores, esos desafíos… nos da una fuerza especial cuando asentimos a ello“, escribe.

La práctica que propone es concreta: mirar todo lo que sucedió en la familia, incluso lo que uno querría excluir, y en lugar de rechazarlo, recorrer el camino inverso. Decir, tal como él lo escribe: “Sí. Así fue. Estoy de acuerdo con todo tal como fue.” No para darle la razón al daño, sino para dejar de gastar la energía en pelear con lo que ya ocurrió, y poder usarla para otra cosa.

Y termina con una pregunta que va todavía más lejos: alguien que hubiera tenido una familia ideal, sin heridas ni carencias, ¿podría compartir sentimientos con otros? ¿Podría sentir compasión por quien sufre? ¿O estaría, de algún modo, separado de la vida misma? Quien ha atravesado dificultades y las reconoce, sin negarlas, tiene —según esta reflexión— una capacidad distinta para acompañar y amar a otros.

Aquí está, probablemente, el aporte más importante de todo este episodio, y el que de verdad conecta con las Constelaciones Familiares: no una técnica corporal, sino una postura ante los propios padres y hacia la vida que vive a través de ellos. Tomarlos enteros. Con lo que sí dieron y con lo que no supieron o no pudieron dar. Con sus virtudes y con sus límites. No para justificar el daño causado, sino para dejar de exigirles retroactivamente que hubieran sido otros, y poder recibir de ellos —tal como fueron, no como se hubiera querido que fueran— la vida y la fuerza que sí transmitieron.

Es difícil encontrar esta idea, con esta precisión, en otras corrientes de la psicología. Muchos enfoques trabajan para que la persona comprenda a sus padres, los perdone, o resuelva el conflicto con ellos a nivel emocional o cognitivo. Lo que el enfoque sistémico añade es distinto: no pide comprensión ni perdón como meta, sino un movimiento más simple y más exigente a la vez —inclinarse ante lo que fue, sin editarlo, y tomarlo como propio. Esa postura, más que ninguna técnica concreta, es la que después se convertiría en uno de los pilares de las Constelaciones Familiares: “honrar a los padres tal como fueron” es, en este enfoque, la meta y la condición para tener nuestra propia fuerza.

El episodio de México: cuando el cuerpo recordó lo que la mente había guardado

La magnitud de esos castigos físicos de infancia no se quedó en el recuerdo abstracto. Hellinger cuenta que, catorce años antes de escribir sus memorias, visitó en México a un terapeuta corporal que, presionando ciertas partes del cuerpo, podía activar los sucesos dolorosos de cuando él tenía entre seis y diez años. Las tensiones liberadas se acompañaban con un masaje final. Los dolores y heridas internas que ese trabajo removió fueron tan fuertes que lloró ininterrumpidamente durante dos horas, y necesitó dos días para recuperarse y reencontrar el contacto interno con su madre. “Jamás hubiera pensado que las experiencias de mi infancia pudieran tener semejante impacto“, escribe. Es un episodio distinto al de Keleman —ocurrió antes, con otro profesional, sin relación documentada entre ambos—, pero confirma la misma idea de fondo: lo vivido en la infancia no se archiva sin más. Sigue ahí, esperando su momento.

Fue después de esa experiencia en México cuando Hellinger escribió una carta a su padre. Una carta que nunca fue enviada en el sentido convencional, pero que él mismo compartió después como testimonio de lo que ese trabajo corporal había destrancado.

Querido papá:

Tanto tiempo no supe lo que me faltaba en lo más íntimo. Tanto tiempo estuviste tú, querido papá, desterrado de mi corazón. Tanto tiempo fuiste como un simpatizante más, que ignoré, porque mi mirada se mantenía dirigida hacia algo distinto, hacia algo mayor, así es como me lo imaginaba.

De pronto regresaste a mí desde la lejanía… Cuando pienso lo mucho que, tantas veces, me consideré superior a ti, lo mucho que también te temí, porque a menudo me golpeaste dolorosamente; y lo mucho que te desterré de mi corazón. Sí, tuve que desterrarte, porque mi madre se interpuso, entonces siento hasta ahora, en lo vacío y solitario que me había convertido, encontrándome apartado de la vida plena.

Pero ahora regresaste a mí de muy lejos, cariñosamente y desde la distancia, sin intervenir en mi vida.

Tan sólo hasta ahora comienzo a captar, que fuiste tú, quien día a día aseguró nuestra supervivencia, sin que hayamos sentido en el fondo, cuánto amor se desbordó de ti hacia nosotros, siempre de la misma manera, siempre en vista de nuestro bienestar y, no obstante, como excluido de nuestros corazones.

¿Alguna vez te hemos dicho lo fantástico que fuiste como nuestro padre? La soledad te rondó y permaneciste cuidadoso y cariñoso al servicio de nuestra vida y de nuestro futuro. Nosotros lo tomamos como natural, sin valorar jamás lo que para ti exigía. Ahora me brotan las lágrimas, querido papá.

Me inclino ante tu grandeza y te tomo en mi corazón. Tanto tiempo estuviste como excluido de él. Tan vacío se encontraba sin ti. También ahora te mantienes a cierta distancia, en forma amable, sin esperar algo de mí que quite algo de tu grandeza y tu dignidad.

Tú sigues siendo el grande como mi Padre, y yo te tomo y todo aquello que te debo, como el hijo por ti amado.

Querido papá, Tu Toni

— Bert Hellinger, Cuentos de Vida, pág. 108.

Quién era Stanley Keleman

Stanley Keleman (1931-2018) fue un escritor y terapeuta corporal estadounidense, formado inicialmente en quiropráctica, fundador de la Psicología Formativa y director del Center for Energetic Studies en Berkeley, California, institución que dirigió hasta su muerte.

Su idea central era radical en su sencillez: la forma física está inextricablemente ligada a la realidad emocional y psicológica. El cuerpo no es un recipiente donde vive la mente, sino la historia misma, encarnada: lo que vivimos deja huella en la postura, en la respiración, en la tensión muscular, en la forma en que nos movemos por el mundo. Keleman entendía el cuerpo como un proceso vivo y siempre en formación, nunca como una estructura fija, y su trabajo consistía en ayudar a que las formas corporales que habían quedado rígidas por el trauma o la adaptación recuperaran movimiento.

Es una idea valiosa por sí misma, independientemente de Hellinger: que el cuerpo no es solo el lugar donde se manifiestan los síntomas, sino el lugar donde se guarda —y a veces se transforma— la historia relacional de una persona.

Keleman no desarrolló esta idea aislado. Se formó en Zúrich con discípulos de Medard Boss, trabajó con la investigadora Nina Bull en torno a la relación entre la postura corporal y la emoción, y coincidió en el movimiento de la psicología humanista de los años 60 con figuras como Carl Rogers, Fritz Perls o Virginia Satir, entre otros. Publicó una decena de libros —entre ellos Emotional Anatomy y Embodying Experience— y recibió reconocimientos como el doctorado honorario de la Saybrook University y los premios de la United States Association for Body Psychotherapy y la European Association for Body Psychotherapy. Su trayectoria, en ese sentido, tiene un punto en común con la de Hellinger: ambos construyeron su pensamiento cruzando muchas fuentes distintas antes de encontrar un lenguaje propio. La diferencia es que, en el caso de Keleman, ese cruce de influencias nunca llegó a mezclarse con el de Hellinger de forma sostenida. Solo coincidieron en esa conversación.

La síntesis de Zēntrum

La frase de Keleman le mostró algo que solo se puede ver desde cierta distancia con la propia historia: que la queja, por legítima que sea, deja fuera la mitad del relato. Y que reconocer lo que también recibimos de lo difícil —no para justificarlo, sino para no seguir enredado con ello— puede ser el primer paso hacia la reconciliación.

Esta escena no aparece aislada en la vida de Hellinger. Es, más bien, el último tramo de un recorrido que llevaba décadas apuntando en la misma dirección. Su propia formación religiosa —los años como sacerdote y misionero, antes de dedicarse a la psicoterapia— lo había educado en un lenguaje de autoridad, obediencia y perdón hacia figuras paternas, aunque fuera dentro del marco de la Iglesia. Después, entre los zulúes, en el sur de África, observó una relación con los padres, las madres y los antepasados muy distinta a la que había conocido en su Alemania natal: una relación de reverencia y pertenencia, no de reclamo. Esas dos experiencias —la fe y África— fueron preparando un terreno que la conversación con Keleman no inaugura, sino que cierra: es el momento en que todo ese recorrido converge, por fin, en su propia historia personal, en la relación con su padre concreto y real, con sus golpes y con su generosidad.

En sesión, este movimiento aparece constantemente. Alguien llega quejándose de un padre exigente, de una madre ausente, de una infancia que sintió como una carga. Y el trabajo no consiste en darle la razón a la queja ni en desmontarla, sino en abrir un espacio para que esa persona pueda mirar, además del daño, lo que ese padre o esa madre —con todas sus limitaciones— también le dieron. No para justificar nada. Para poder tomarlo, y seguir adelante con más fuerza en lugar de menos.

Ese mismo movimiento —tomar a los padres con todo, sin negarlo ni quedarse atrapado en la queja— es el que Zēntrum Madrid trabaja en cada proceso de Constelaciones Familiares. Si te interesa experimentar de primera mano cómo se traduce esto en una sesión —cómo se lee lo que el cuerpo de un representante comunica sin palabras, mucho antes de que encuentre las palabras para nombrarlo— puedes conocer nuestra Certificación en Constelaciones Familiares, donde este principio se trabaja de forma estructurada y supervisada desde el primer módulo, con el mismo rigor con el que Hellinger integró cada una de sus fuentes.

El enfoque sistémico no nació de una sola idea

Nació de un recorrido. Hellinger integró, durante décadas, corrientes muy distintas entre sí, y cada una dejó un concepto concreto en las Constelaciones Familiares. Aquí puedes profundizar en cada una de esas fuentes.

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Preguntas frecuentes sobre Psicología Formativa y constelaciones familiares

¿Stanley Keleman fue uno de los maestros de Bert Hellinger?

No hay evidencia de ello. Ni la biografía oficial de Hellinger ni el resto de fuentes documentadas lo incluyen entre las corrientes en las que se formó. Lo que existe es una conversación puntual que Hellinger relata en sus memorias, no un proceso de formación como el que sí tuvo con Janov, Erickson u otros.

¿Cuál es la idea más importante de este episodio para las Constelaciones Familiares?

No es ninguna técnica de Keleman, sino la reflexión que Hellinger desarrolla justo después, en la misma página: tomar a los padres enteros, con sus virtudes y sus defectos, sin exigirles retroactivamente haber sido distintos. Esa postura —honrar lo que fue, tal como fue— es uno de los pilares del enfoque sistémico.

¿Qué le dijo Keleman a Hellinger?

Ante la queja de Hellinger sobre la severidad de su padre, Keleman rió y respondió: “Pero si tú eres fuerte.” Esa frase le hizo comprender que la fuerza que tenía provenía, en parte, de esa misma severidad, y desde entonces se sintió muy unido a su padre.

¿Quién fue Stanley Keleman?

Stanley Keleman (1931–2018) fue un escritor y terapeuta corporal estadounidense, formado inicialmente en quiropráctica estadounidense, director del Center for Energetic Studies en Berkeley, California. Su obra integró la biología, la fenomenología y la psicoterapia corporal en un sistema coherente que influyó en terapeutas de todo el mundo. Hellinger lo conoció durante su etapa de formación intensiva en los años 70 y 80.

¿Qué es la Psicología Formativa?

Es el enfoque desarrollado por Stanley Keleman, que sostiene que la forma física del cuerpo está ligada de forma inseparable a la realidad emocional y psicológica. El cuerpo no es un soporte de la mente, sino la historia encarnada. Es un cuerpo de trabajo independiente, con su propia práctica clínica.

¿La Psicología Formativa sigue vigente hoy y está validada científicamente?

Sigue viva como comunidad de práctica: el instituto de Keleman en Berkeley y el Centro de Psicología Formativa de Brasil continúan formando profesionales. Pero no cuenta con ensayos clínicos controlados propios ni con validación científica independiente, algo que comparte con la mayoría de escuelas de psicoterapia corporal, un campo reconocido en general pero con una base de evidencia todavía limitada.

Referencias y enlaces de interés

Sobre Stanley Keleman y la Psicología Formativa

Fuentes

  • Bert Hellinger, Mi vida, mi obra (págs. 32, 116)
  • Bert Hellinger, Cuentos de vida,(pág. 108)

2 comentarios en «Stanley Keleman y Bert Hellinger: la frase que lo reconcilió con su padre»

  1. Una de las temáticas más recurrentes que me toca acompañar como Consteladora es la relación con los padres.
    Encuentro que el concepto de “tomar a los padres” es profundamente complejo. Comprendo el sentido que Bert Hellinger le otorga y la importancia que tiene dentro de las Constelaciones Familiares, pero aun así no me parece un proceso sencillo.
    Cuando una persona adulta ni siquiera puede pronunciar las palabras “mamá” o “papá”, y se refiere a ellos como “mi progenitor”, “mi progenitora” o los nombra por su nombre de pila, existe un dolor que no puede ignorarse. Para poder tomar a los padres, como señala Bourquin, primero puede ser necesario alejarse de ellos, ya sea de manera simbólica o física, según cada historia y cada circunstancia.
    Desde una mirada existencial, tomar a los padres implica asentir a quienes nos dieron la vida, aceptar que fueron ellos los que nos tocaron y reconocer que la vida llegó a través suyo. Sin embargo, desde una perspectiva humana y personal, muchas veces el camino es más arduo. Como plantea Hausner, hay ocasiones en las que el hijo necesita “dejar morir” la imagen interna de sus padres para poder continuar su propio camino.
    A través de su propio proceso, quizás esa persona adulta logre que el dolor pierda intensidad, que el resentimiento se transforme y que aquello que durante años habitó en su interior encuentre un lugar diferente. Porque, como señala Keleman, las experiencias emocionales no solo viven en la memoria: también se expresan en el cuerpo.
    Tal vez tomar a los padres no sea un acto inmediato ni una decisión de la voluntad. Tal vez sea el resultado de un recorrido profundo, en el que cada persona encuentra su propia forma de reconciliarse con la vida que recibió.

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    • Gracias, Cristina. Es un comentario que aporta mucho y coincide con algo que el propio recorrido de Hellinger confirma.

      Cuando uno mira las fechas, el orden es revelador. Los golpes de la infancia, los dieciséis años entre los zulúes observando otra forma de relación con los padres y los ancestros, el episodio de México donde el cuerpo soltó lo que la mente llevaba décadas guardando, la carta que escribió después. Y solo entonces, «decenios más tarde» —son sus palabras—, la conversación con Keleman.

      Él tampoco pudo tomar a su padre por decisión propia. Necesitó todo ese camino y necesitó que alguien, desde fuera, le señalara lo que él no podía ver estando tan cerca. Si a Hellinger le llevó cuarenta años, difícilmente puede pedirse a nadie que lo haga porque se lo proponga.

      El detalle que señalas de quien dice «mi progenitora» en lugar de «mi madre» me parece una observación muy precisa. Esa distancia en el lenguaje no es un obstáculo que haya que corregir: es información sobre dónde está esa persona ahora mismo, y probablemente sea lo que le permite sostenerse. Empujar hacia el «tomar» antes de tiempo suele producir lo contrario de lo que se busca.

      Lo que apuntas de Hausner conecta bien con esto. Trabajamos con él desde hace años y esa idea de dejar morir la imagen interna aparece a menudo en su forma de acompañar: no se trata de tomar a unos padres idealizados, sino de soltar la imagen que uno construyó de ellos para poder ver a las personas reales que fueron.

      Y sí: quizá tomar a los padres no sea un acto, sino un resultado. Algo que se reconoce cuando ya ha ocurrido, no algo que se ejecuta. Y que requiere de un largo camino…

      Gracias por escribir con esta profundidad. Da gusto leer un comentario así.

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